domingo, 12 de julio de 2020

De Pandemia...


EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (VI)
Mucho hemos referido a  Maquiavelo en nuestras últimas citas, después de 500 años y de tantos y tan sustanciales cambios en el concepto y funcionamiento del estado. ¿Porqué? Porque precisamente allí reside el más grave problema de nuestro fallido estado; como es el estar en manos de sujetos adoctrinados en teorías y prácticas políticas anacrónicas. La reflexión no puede permitirse el olvido de este problemático aspecto. Con apenas una somera revisión teórica como la esbozada en páginas anteriores y su comparación con la práctica política de quienes detentan el poder en nuestro fallido estado, se constata la congruencia entre una y otra. Es claro que la teoría política en la que creen nuestros opresores es anterior a la modernidad. Para ellos, un concepto general como el del control del poder es inaceptable estando ellos en posesión del mando; así como otros conceptos y teorías más específicas, tales la teoría ascendente del poder, el parlamentarismo, el contractualismo en ninguna de sus formas, la representación de las minorías, etcétera; solo las toleran mientras puedan servirse de ellas en la fase de conquista del poder, pero una vez alcanzado éste se deshacen de todo obstáculo hacia la hegemonía.

domingo, 5 de julio de 2020

EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (V)

…De Pandemia.

EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ  (V)
¿Qué se aconseja hacer a un aprovechado seguidor de Maquiavelo, que por ser un pícaro con suerte obtiene el poder con el apoyo de los notables en una república democrática (lo que el clásico maestro denominó un principado civil)?
En un (al menos formalmente) estado de derecho (o república democrática, como lo habría llamado Maquiavelo) en el que los notables en consecutivas ocasiones (primero en 1989 y reiteradamente en 1992) habían constatado su incapacidad para contener al pueblo (y para restablecer el contacto que habían perdido con el mismo), tales notables (confirmando la lógica de Maquiavelo) convinieron en otorgar sus favores a un hombre de ese pueblo con el que ya no podían reconectarse, creyendo que este favorecido podía ser manipulado provechosamente. Erraron la apuesta. El pícaro con suerte ya sabía que en adelante debía (para gobernar) procurarse el favor del pueblo, tarea que ya estaba muy adelantada puesto que su ascenso había sido con el multitudinario favor de pueblo y notables.
El nuevo amo del poder conjugaba en su praxis las condiciones y requisitos formulados por EL PRÍNCIPE para dos situaciones diferentes, aunque no excluyentes. A la fecha en nuestro fallido estado no es difícil comprender que la fuerza dominante (estando en posesión de todo el poder como un régimen de facto, ya sin guardar ninguna apariencia de derecho y habiendo prescindido de toda legitimidad democrática) es un poder subyugado política e ideológicamente por un poder externo. Es una situación no solo reconocida sino también absurdamente proclamada por sus propios personeros. A la fecha los actores del poder nacional en este fallido estado constituyen la oligarquía interna aconsejada por Maquiavelo (El Príncipe, capítulo V) al servicio de un soberano externo.
Por último el capítulo XVIII de la obra cumbre de Maquiavelo (cuyo subtítulo, “De qué modo deben los príncipes mantener su palabra”, ya nos prefigura su contenido) prescribe un sucinto cuadro de antivirtudes que debe reunir el gobernante cuyo deseo sea perpetuarse en el poder; antivirtudes entre las que resalta el no tener obligación de “mantener su palabra”. “Todo el mundo comprende —dice Maquiavelo —que es justo permanecer fiel a la palabra empeñada; sin embargo, la experiencia ha demostrado en nuestra propia época que los príncipes que han logrado grandes cosas son los que han tenido en poca estima la buena fe y los que han sabido deslumbrar la inteligencia de los hombres por medio de la astucia, y al fin han logrado más éxitos que aquellos cuyos actos se han inspirado en el sentimiento del honor.”
Pero ¿porqué tanto Maquiavelo después de 500 años, de tantos cambios en el concepto y funcionamiento del estado? Precisamente allí reside el más grave problema de nuestro fallido estado; como es el estar en manos de sujetos adoctrinados en teorías y prácticas políticas anacrónicas. La reflexión no puede permitirse el olvido de este problemático aspecto.