DE SOBERANÍA Y NO INJERENCIA Y DE LA GUERRA
EN TIEMPOS DE PANDEMIA.
En las páginas 34 al 38
del Tomo XXIV del ARCHIVO DEL GENERAL MIRANDA (Ed. LEX, La Habana. 1950) puede hallarse
una correspondencia fechada en Caracas el 12 de junio de 1812, firmada por el
Lic. Miguel José Sanz en funciones de secretario de Estado del Gobierno de
Venezuela, dirigida al Generalísimo Francisco de Miranda, de la que podemos
valorar los siguientes fragmentos:
…
En una de mis cartas anteriores dije a Ud. que procurase
instruirse de la correspondencia reservada que como secretario de Estado llevé
con Orea, nuestro agente en los Estados Unidos. Allí verá Ud. que previendo yo
el apuro en que debíamos ponernos, intenté entablar una comunicación con las
potencias de Europa, y en especial con la Francia y con la Rusia, reducida a
que reconociendo nuestra independencia, nos franquease la primera dos o tres
millares de pesos fuertes y armas, pagadero todo con los derechos que devengase
un comercio que haríamos, o permitiríamos a los franceses en nuestros puertos,
proporcionándoles ventajas sobre el comercio de otras naciones, por el tiempo
que durase la paga de nuestra deuda; siendo condición que debería hacerse este
comercio en buques mercantes de cierto número de toneladas para evitar que
entrasen (buques) de guerra que pudiesen causar temor en nuestros puertos…
En cuanto a la Rusia se le ofrecía la isla de Orchila
para sus factorías, y aunque nada supe de esta negociación, cierto es que
anhelando esta potencia un comercio en la América, abrazaría muy gustosa la
proposición, y nosotros por este medio empujaríamos y llevaríamos a un grado el
más ventajoso nuestra agricultura, y aquellas potencias por su propio interés,
protegerían nuestra independencia, porque sin ella estarían, como han estado
hasta ahora, privadas de nuestra comunicación.
…
La historia que nos
enseñan en la escuela venezolana no refiere detalles del proceso político
formador de nuestra soberanía; y para formarnos idea de ellos debemos ir a
otras fuentes. Así podemos enterarnos de que 1812 fue el año en que se abrieron
las hostilidades entre Estados Unidos y Gran Bretaña en la guerra que se
extendió hasta 1814; el gobierno estadounidense estaba muy atareado en lograr
la lealtad de algunos estados de la Unión que se resistían a combatir contra su
ex metrópolis. Francia se empeñaba en tragarse al mundo entero; el continente
europeo se encontraba en el clímax de la expansión napoleónica, que casi el
mismo dia en que el Lic. Sanz escribía su carta, ya avanzaba sobre Rusia; y
Rusia se ocupaba en contener a las tropas napoleónicas invasoras, mediante la
impopular política de tierra arrasada, en repliegue desde la frontera polaca;
lo que ocupando toda la atención del Zar Alejandro I, lo obligó a reemplazar en
plena campaña al comandante en jefe de sus fuerzas. La situación geopolítica
mundial era todo menos propicia para que el gobierno venezolano pudiera obtener
el auxilio de las potencias del momento; y encontrándose Napoleón en el inicio
de su decadencia, la Corona Española apresuradamente se levantaba de la
postración a la que el Corso la había sometido desde 1808. Así que si la
intervención foránea o injerencia de otros países en nuestros asuntos no se
produjo en aquel entonces, no fue porque esa no hubiera sido gestionada por el
liderazgo del momento, o porque no se le hubiera considerado necesaria y
conveniente; sino porque el contexto internacional no fue oportuno; y sin
importar hasta donde pudo llegar la procura de tal intervención, tal ocurrió no
en violación del principio de soberanía, sino en ejercicio pleno del mismo.
1812 quedó esculpido
tristemente en la historia de la primera república venezolana; en la historia
de las relaciones entre Estados Unidos y Gran Bretaña y en las biografías de
Francisco de Miranda y Napoleón Bonaparte; pero no así en la historia de la
geopolítica europea, en la del Imperio Ruso y en la biografía del general Karl
Von Clausewitz, para quienes tal año fue el inicio de un período
particularmente auspicioso.
Las victorias
napoleónicas en las batallas de Auerstädt y Jena el 14 de octubre de 1806, en
la que participó Clausewitz como ayudante de campo del príncipe Augusto de
Prusia (DE LA GUERRA. Librodot 2002), desintegraron al ejército prusiano; el
príncipe murió días después en consecuencia de las heridas recibidas en combate
y Clausewitz cayó entre los 25.000
prisioneros hechos por Napoleón en esa fecha. Federico Guillermo III, viéndose
obligado a someterse bajo la presión de Napoleón, en 1809 se convirtió en
títere aliado del emperador francés; con lo que recibió de vuelta el control de
su ejército; y Clausewitz y otros prisioneros recuperaron la libertad y
volvieron al servicio activo.
Pero Clausewitz y otras
brillantes mentes militares prusianas, comprendiendo que la posición oficial de
su gobierno en apoyo de Francia (que preparaba la invasión de Rusia) era
producto de su subyugamiento como estado satélite, percibieron que la única
potencia capaz de detener a Napoleón y sus estados títeres sería la misma
Rusia; entonces obtuvieron la baja del ejército prusiano y clandestinamente se
trasladaron a Rusia, para ingresar en el ejército del Zar Alejandro I, donde
fueron incorporados a la llamada Legión Alemana; con el objeto de obtener la
intervención rusa en el restablecimiento de la soberanía prusiana.
¿Acaso fue traidor
Clausewitz por su defección e incorporarse al ejército de la potencia que
entonces adversaba a su país; y haber procurado la intervención de aquella
potencia para liberar a su patria del sojuzgamiento francés? ¿Acaso era Prusia
soberana bajo el tutelaje de Napoleón?
Lamentablemente eran los tiempos del cólera y aun no
existía un gobierno mundial que decretara pandemias y los mandara a todos a la
cama; y en 1831, a la edad de 51 años, cayó Clausewitz víctima de aquel mal,
contraído poco antes en Polonia. Gracias a su diligente viuda, sus obras fueron
editadas póstumamente para quedar en espera de la era cibernética, y pudiéramos
ahora tener el gusto de hablar y escribir a placer de la guerra, de su arte y
de su ciencia.
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