…De Pandemia.
EL ARTE DE LA
GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (III)
La verdad es que
para nosotros, comunes ciudadanos de un estado fallido, no tiene interés
práctico distinguir en cuál orden se preceden o suceden guerra y política.
Relevante es entender que, en nuestro caso, ambas actúan en conjunción, solapándose,
en marcha atropellante; son una dúplice conducta de una fuerza dominante que
avanza indetenible en la conservación de la hegemonía absoluta; en práctica
eficaz no de una, sino de varias recetas maquiavélicas, combinadas con
descollante maestría. Las más conspícuas, identificables bajo una observación
atenta, son la aplicación en primer lugar de las recetas dictadas en el
capítulo IX de El Príncipe para adquirir el poder de un estado civil; con
aplicación sucesiva de las recetas dictadas en el capítulo V para conservar el
poder en los estados que antes de ser conquistados vivían en libertad y de
acuerdo con sus propias leyes.
Señala Maquiavelo (El Príncipe, cap. IX) que
para que un ciudadano se convierta en jefe de estado de su país “a través del favor de sus conciudadanos”,
lo que en nuestro tiempo equivale al voto popular, no basta con que éste posea
solo “virtud” (es decir capacidad,
competencia y mérito) o solo “fortuna”
(suerte); sino que debe poseer una “astucia
afortunada” (algo así como ser pícaro y sortario). Afirma que se accede al
poder “mediante el favor del pueblo o
mediante el favor de los notables”. No menciona expresamente el caso que
nos ha ocurrido a nosotros, en el que un pícaro con suerte llega al poder con
el favor del pueblo conjuntamente con el de los notables, tal vez porque si
acaso llegó a contemplarlo, le pareció demasiado fácil u obvio para tener que
dar consejos al respecto. Lo que si aconseja es cómo tratar, después de
alcanzado el poder, a cada uno de esos sujetos políticos (pueblo y notables)
para asegurar su permanencia indefinida en el mismo; materia en la que hemos
sufrido una incuestionable maestría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario