lunes, 8 de junio de 2020

…De Pandemia.


EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (II)
Se podría pensar que estar teorizando acerca de la guerra cuando han pasado ya cien años desde que ésta fue proscrita, es una ociosa pérdida de tiempo. Ciertamente, los representantes de los estados reunidos en Versalles el 28 de junio de 1919 se propusieron y pactaron la proscripción de la guerra para alcanzar la paz y la seguridad internacionales, aceptaron el compromiso de no apelar a ella y se obligaron a construir relaciones francas, justas y honorables, mediante el firme establecimiento de convenios de derecho internacional (Pacto de la Liga de Las Naciones. Declaración de propósitos); todo esto bajo el escarmiento colectivo que produjo la exacerbada malignidad de la Primera Guerra Mundial. Nada de lo pactado resultó como se esperaba y sobrevino la Segunda Guerra Mundial, en la que la barbarie (para unos) o la bárbara civilización (para otros) potenció la perversa malignidad a un grado inimaginable. Entonces los estadistas volvieron a enviar a sus representantes para que se reunieran, esta vez en San Francisco, donde el 26 de junio de 1945 volvieron a obligarse
a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”… (Carta de las Naciones Unidas. Declaración de propósitos).
Parece que la prohibición que mutuamente se impusieron los firmantes en 1919 cuando se obligaron a “no recurrir a la guerra”, de ser una civilizadísima idea que prohibía la guerra como fuente de derecho internacional, un magno propósito que establecía a los tratados como única fuente de ese derecho, comenzó enseguida a decaer pasando por convertirse en una utopía; y finalmente en 1945 en una quimera (para calificar románticamente lo que en verdad llegó a parecer una soberana tontería), cuando el propósito declarado ya no fue ·”no recurrir a la guerra”, sino más pragmáticamente “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Esta mutación en la redacción de propósito podría eventualmente significar mucho en los hechos, pero siendo la Carta de las Naciones Unidas el supremo instrumento de derecho internacional público, como lo establece su artículo 103 (equiparándose a una Constitución Mundial), tal significancia no quedó consagrada en dicha normativa. En efecto, el artículo 107 de la Carta reconoce los resultados de la Segunda Guerra Mundial como fuente de derecho internacional. ¿Cómo preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra sin que dicho flagelo en principio quedara expresamente prohibido? Tendremos que dedicar desvelos adicionales para imaginar probables soluciones. Los capítulos VI y VII de la Carta admiten los conceptos de Guerra de Agresión y Guerra Defensiva, estableciendo al Consejo de Seguridad como el órgano competente para valorar y decidir tales calificaciones.
Una cosa es la guerra en el discurso filosófico, otra en el discurso normativo y otra en los hechos. Y es en los hechos donde la guerra no se ha ausentado un solo día; y en donde ha sufrido el más continuo proceso de transformación, hasta el punto en que los grandes estados combatientes evitan enfrentarse en sus propios territorios y parece que eligieran el territorio de otro estado, escogen en él sus propios campeones y los arman para el combate, convirtiendo en guerras civiles sus conflictos geopolíticos; con las manos totalmente libres puesto que la Carta se prohibió a sí misma la competencia en conflictos internos (Artículo 2.7). Esto pone en un limbo jurídico la violencia armada motivada por el conflicto geopolítico entre dos o más potencias (en progreso sobre el territorio y población de otro estado sin interés material en dicho conflicto) disfrazado de confrontación interna.
¿Y cuál es la teoría idónea en una guerra de clases, por ejemplo? Hechos observables hoy día muestran a Clausewitz enviado de regreso a su prusiana Kriegsakademie de Berlín; y a Maquiavelo volviendo por sus fueros 500 años después, porque de ese tipo de conflictos si supo él hasta la saciedad; tanto que transcurrido ya un quinto del siglo XXI, en nuestro continente sus mejores discípulos (como nunca pensó él hallar) han practicado y practican día a día a la perfección, con el éxito más inesperado, cada una de sus fórmulas teóricas. Y entonces: ¿qué ha sido primero entre el huevo y la gallina? ¿la guerra o la política?

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