…De Pandemia.
EL ARTE DE LA
GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (II)
Se podría pensar
que estar teorizando acerca de la guerra cuando han pasado ya cien años desde
que ésta fue proscrita, es una ociosa pérdida de tiempo. Ciertamente, los
representantes de los estados reunidos en Versalles el 28 de junio de 1919 se
propusieron y pactaron la proscripción de la guerra para alcanzar la paz y la
seguridad internacionales, aceptaron el compromiso de no apelar a ella y se
obligaron a construir relaciones francas, justas y honorables, mediante el
firme establecimiento de convenios de derecho internacional (Pacto de la Liga de
Las Naciones. Declaración de propósitos); todo esto bajo el escarmiento
colectivo que produjo la exacerbada malignidad de la Primera Guerra Mundial.
Nada de lo pactado resultó como se esperaba y sobrevino la Segunda Guerra Mundial,
en la que la barbarie (para unos) o la bárbara civilización (para otros) potenció
la perversa malignidad a un grado inimaginable. Entonces los estadistas
volvieron a enviar a sus representantes para que se reunieran, esta vez en San
Francisco, donde el 26 de junio de 1945 volvieron a obligarse
“a preservar a las
generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra
vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en
los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona
humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones
grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la
justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras
fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el
nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”… (Carta de las Naciones Unidas. Declaración de propósitos).
Parece que la
prohibición que mutuamente se impusieron los firmantes en 1919 cuando se
obligaron a “no recurrir a la guerra”, de ser una civilizadísima idea que
prohibía la guerra como fuente de derecho internacional, un magno propósito que
establecía a los tratados como única fuente de ese derecho, comenzó enseguida a
decaer pasando por convertirse en una utopía; y finalmente en 1945 en una
quimera (para calificar románticamente lo que en verdad llegó a parecer una
soberana tontería), cuando el propósito declarado ya no fue ·”no recurrir a la
guerra”, sino más pragmáticamente “preservar a las generaciones venideras del
flagelo de la guerra”. Esta mutación en la redacción de propósito podría
eventualmente significar mucho en los hechos, pero siendo la Carta de las
Naciones Unidas el supremo instrumento de derecho internacional público, como
lo establece su artículo 103 (equiparándose a una Constitución Mundial), tal significancia
no quedó consagrada en dicha normativa. En efecto, el artículo 107 de la Carta
reconoce los resultados de la Segunda Guerra Mundial como fuente de derecho
internacional. ¿Cómo preservar a las generaciones venideras del flagelo de la
guerra sin que dicho flagelo en principio quedara expresamente prohibido?
Tendremos que dedicar desvelos adicionales para imaginar probables soluciones. Los
capítulos VI y VII de la Carta admiten los conceptos de Guerra de Agresión y
Guerra Defensiva, estableciendo al Consejo de Seguridad como el órgano
competente para valorar y decidir tales calificaciones.
Una cosa es la
guerra en el discurso filosófico, otra en el discurso normativo y otra en los
hechos. Y es en los hechos donde la guerra no se ha ausentado un solo día; y en
donde ha sufrido el más continuo proceso de transformación, hasta el punto en
que los grandes estados combatientes evitan enfrentarse en sus propios
territorios y parece que eligieran el territorio de otro estado, escogen en él
sus propios campeones y los arman para el combate, convirtiendo en guerras
civiles sus conflictos geopolíticos; con las manos totalmente libres puesto que
la Carta se prohibió a sí misma la competencia en conflictos internos (Artículo
2.7). Esto pone en un limbo jurídico la violencia armada motivada por el
conflicto geopolítico entre dos o más potencias (en progreso sobre el
territorio y población de otro estado sin interés material en dicho conflicto)
disfrazado de confrontación interna.
¿Y cuál es la teoría idónea en una guerra de
clases, por ejemplo? Hechos observables hoy día muestran a Clausewitz enviado
de regreso a su prusiana Kriegsakademie de Berlín; y a Maquiavelo volviendo por
sus fueros 500 años después, porque de ese tipo de conflictos si supo él hasta
la saciedad; tanto que transcurrido ya un quinto del siglo XXI, en nuestro
continente sus mejores discípulos (como nunca pensó él hallar) han practicado y
practican día a día a la perfección, con el éxito más inesperado, cada una de
sus fórmulas teóricas. Y entonces: ¿qué ha sido primero entre el huevo y la
gallina? ¿la guerra o la política?
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