…De Pandemia.
EL ARTE DE LA GUERRA O
EL ARTE DE LA PAZ (IV)
La más elemental
división de la sociedad en clases ha sido hecha por Maquiavelo al señalar al
pueblo y a los notables como sujetos políticos básicos, a quienes el aspirante
al poder debe considerar para realizar sus cálculos políticos. Se da por
supuesto que estas dos clases viven en un permanente e inevitable conflicto de
dominación; y es en la gestión de ese conflicto en la que debe basarse la
conquista y conservación del poder.
¿Qué se aconseja hacer a
un aprovechado seguidor de Maquiavelo, que por ser un pícaro con suerte obtiene
el poder con el apoyo de los notables en una república democrática (lo que el
clásico maestro denominó un principado civil)?
En un (al menos
formalmente) estado de derecho (o república democrática, como lo habría llamado
Maquiavelo) en el que los notables en consecutivas ocasiones (primero en 1989 y
reiteradamente en 1992) habían constatado la imposibilidad para contener al
pueblo (y su incapacidad para restablecer el contacto que habían perdido con el
mismo), tales notables (confirmando la lógica de Maquiavelo) comenzaron a
otorgar sus favores a un hombre de ese pueblo con el que ya no podían
reconectarse, creyendo que este favorecido podía ser manipulado
provechosamente. Erraron la apuesta. El pícaro con suerte ya sabía que en
adelante debía (para gobernar) procurarse el favor del pueblo, tarea que ya
estaba hecha puesto que su ascenso había sido con el multitudinario favor de
pueblo y notables. Una serie de complejas jugadas mediante las que básicamente
manipulaba los conflictos entre las clases y los conflictos internos en cada
una de ellas, despejaron el camino para un largo y extendido beneplácito de la
más reciente encarnación de un príncipe maquiavelino. Los notables quedaron, en
breve plazo, desestructurados como clase política.
En cuanto al pueblo también en breve plazo quedó
sujeto a una creciente dependencia del favor alimentario del empoderado pícaro
con suerte, quien habiendo tomado posesión de todos los hilos institucionales y
financieros del poder, rápidamente lo despojó de toda soberanía. La soberanía,
establecida en la constitución en cabeza del pueblo, se desplazó por completo
en cabeza del príncipe. Un pueblo y unos notables que han sido derrotados por
una astucia afortunada, por las artes de la guerra y de la política hábilmente
combinadas: el Arte del Poder. Guerra y Política actuando en conjunción; no
sucediéndose una a la otra, sino complementándose magistralmente. Nada nuevo.
Todo ya estaba escrito hace 500 años.
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