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SOBRE EL ARTE DE LA GUERRA Y EL SENTIDO COMÚN
EN TIEMPOS DE PANDEMIA
En la obra pensada y
escrita para jóvenes estudiantes de educación media y principiantes
universitarios argentinos, PARA
ANIMARSE A LEER A MAQUIAVELO, (Castillo, Jose E. 2012), editado por
Editorial Universitaria de Buenos Aires (www.eudeba.com.ar),
de entrada el autor se pregunta:
¿Qué
es un clásico?
y comienza a darse
respuesta en los siguientes términos:
El sentido común que guía nuestra forma de pensar y la visión sobre el
mundo que nos rodea se estructura a partir de ideas, imágenes y razonamientos
condicionados por dos cuestiones: lo trascendente de las relaciones humanas
(afectos, angustias, pasiones, sentimientos) y las circunstancias que el
desarrollo social y tecnológico nos brindan.
Cada momento histórico genera su propio sentido común; la forma, sutil,
en que hombres y mujeres pensamos la sociedad en que nos toca vivir y a
nosotros mismos.
En ese devenir, las explicaciones mitológicas, religiosas y/o
intelectuales son un auxilio individual y colectivo.
Un clásico es un pensador (un pensamiento o todo un sistema científico)
que resiste el paso del tiempo y continúa vigente. Sigue siendo parte de la
cosmovisión social porque está incorporado en forma imperceptible y porque ha
planteado tanto dudas como incipientes respuestas orientadas de un modo tan
profundo como íntimo.
Para digerir estas ideas
seleccionemos algunos pensamientos claramente muy nutritivos:
1)
El sentido común que guía nuestra forma de pensar y la visión sobre el
mundo que nos rodea…
Al iniciar con estas
frases su razonamiento, el autor admite tácitamente que entre los recursos mediante
los cuales nos relacionamos con el mundo que nos rodea se encuentra
indudablemente el sentido común y
que este recurso guía nuestra visión y forma de pensar. El autor identifica
además los elementos que integran y condicionan la estructura del sentido común:
2) …se estructura a partir de ideas, imágenes
y razonamientos condicionados por dos cuestiones: lo trascendente de las
relaciones humanas (afectos, angustias, pasiones, sentimientos) y las
circunstancias que el desarrollo social y tecnológico nos brindan.
Estas líneas ponen de
relieve que las ideas, imágenes y razonamientos constitutivos de un
pensamiento determinado fueron producidos en un ámbito relacional y
trascendente entre humanos; y condicionados en su origen por el desarrollo
social y tecnológico del tiempo en que tal pensamiento fue producido; asi
como por el desarrollo social y tecnológico del tiempo en que el mismo
pensamiento venga a ser consumido. Sintéticamente podemos concluir que si en
la receta falta alguno de los componentes o de sus condicionantes, el sentido común deja de existir.
3)
Finalmente aquel
pensador, pensamiento o sistema de ideas, que resiste el paso del tiempo y
que en situaciones nuevas se mantiene tan vigente como lo fue en su
nacimiento, es el que llamamos un clásico. No por otra razón, por ejemplo, MARTÍNEZ GUZMÁN, VICENT (2004): «Teorías
de la guerra en el contexto político de comienzos del siglo XXI» afirmaba
que
Además al hablar de razones no me quedo en la mera racionalidad opuesta a
los sentimientos, sino que también incluyo en los análisis de las maneras de
hacer las paces la expresión de los sentimientos. En cualquier caso, razones
y sentimientos han de estar abiertos a la interpelación de la
intersubjetividad y la interculturalidad.
…con lo que no hacía
otra cosa que reafirmar la vigencia en el siglo XXI de la trascendencia de
las relaciones humanas señaladas 500 años antes por Maquiavelo como uno de
los condicionantes del sentido común.
¿Porqué Maquiavelo,
tan bien entrado ya el siglo XXI?
¿Puede un pensamiento
del siglo XVI ser sustancia del sentido común todavía quinientos años
después?
Quizá sea porque
Maquiavello, en el prólogo de su obra EL
ARTE DE LA GUERRA (Ed. GREDOS. 2011),
afirma categóricamente lo que (Castillo, José E. 2012) en su obra ya citada
denomina como la siempre compleja y
terrorífica relación entre guerra y política. Afirma Maquiavello, en
contra de la opinión común en su época, que examinadas las instituciones antiguas, no se encontrarán cosas más
unidas, más conformes y que se estimen tanto entre si como estas dos
profesiones; refiriéndose al ejercicio profesional de la política y a la
carrera de las armas. Es clave en esta afirmación el carácter profesional del
ejercicio de ambas ocupaciones; excluyendo de su ejercicio el carácter de una
mera afición. En efecto, dice Maquiavello:
Siempre que los hombres quieren hacer alguna cosa, deben prepararse
hábilmente para que, llegada la ocasión, puedan realizarla: cuando las
preparaciones se hacen cautamente, no se conocen, y a nadie se puede acusar
de negligencia si no ha llegado la oportunidad de ejecutar la empresa; pero,
al llegar, descúbrese en seguida si no están bien dispuestos…
Pero es que ya ha sido
largamente reconocida la complejidad del fenómeno bélico. No es solo un hecho
político. Su naturaleza tiene componentes en los órdenes filosófico,
jurídico, antropológico, sociológico, sicológico, religioso y económico. De
manera tal que hoy dia el hecho bélico debe ser producto de complejos
procesos decisorios; el sentido común del siglo XXI no puede justificar la
toma de la decisión bélica en una sola cabeza o en un petit comité. Lo único
que todavía permanece, y probablemente siempre lo hará, sobre una sola cabeza
es la responsabilidad por los resultados del hecho decidido. Por lo tanto el
tomador de decisiones debe rodearse de los mejores sujetos para elaborar la
decisión y de los mejores para ejecutarla.
Mencionamos
expresamente a Maquiavelo porque, habiendo encontrado abundantes semejanzas circunstanciales
entre su tiempo y el nuestro, no podemos menospreciar la pertinencia de su
pensamiento al señalar con indiscutible exactitud la filosofía de empleo de
fuerzas armadas extranjeras o de fuerzas mercenarias (El Príncipe, cap. XII).
En opiniones y comentarios que han abundado recientemente en las procelosas
aguas del océano virtual, opinadores mal informados o mal interesados se dan
golpes de pecho éticos al juzgar el reciente empleo de mercenarios en la
guerra de exterminio a la que ha sido sometida la nación venezolana en las
últimas dos décadas; comentarios y opiniones de enorme fuerza letal y que
están dirigidos a lectores igualmente mal informados o mal interesados,
ignorantes de que en la guerra la ética válida es la del vencedor. ¿Cuál es
el defecto ético del soldado mercenario y de su empleo? Como alguien ha
mencionado recientemente: ¿no fue el Precursor Francisco de Miranda un
oficial mercenario en las guerras europeas cuando aquel continente transitaba
entre los siglos XVIII y XIX?
La misma tacha ética
se pretende imponer al empleo de fuerzas extranjeras, referidas por
Maquiavelo como “tropas auxiliares”. ¿Acaso no intervinieron tropas españolas
y francesas, en territorio estadounidense, en la guerra de independencia de
EEUU? ¿No estuvo el mismísimo Generalísimo Francisco de Miranda, como
comandante supremo de las operaciones contra España, considerando la
factibilidad de solicitar en nuestro auxilio la intervención de tropas del
Zar de Rusia? ¿No fue la Legión Británica una fuerza armada perteneciente a
una potencia extranjera, actuando en auxilio de las fuerzas venezolanas en la
guerra de independencia contra España?
En conclusión:
definitivamente es de otra naturaleza, no ética, la censura que merece la
reciente cómica de presuntas tropas en la operación “bahía de cochinitos”.
Nuestros jóvenes
estudiantes de educación media y principiantes universitarios, entre quienes
he escogido para liderizarlos a un inteligente cadete de primer año, hubieran
razonado asi:
v Habiéndose perdido el elemento sorpresa desde la anterior cómica de las
armas incautadas en Colombia, nuestro astuto cadetito habría cancelado el
lanzamiento de la operación Gedeón.
v Alguien interesado habría comprado la cancelada operación Gedeón para
degradarla a “operación bahía de cochinitos” y lanzarla en su provecho. Para
saber quien fue basta identificar quien ha salido favorecido con sus
resultados.
De todos modos todo lo
anterior, aunque estuviera fundamentado en toda la teoría clásica del arte de
la guerra, es y será siempre meras conjeturas; materia prima para la ciencia
ficción y para la teoría de la conspiración; aunque no faltan numerosos
conceptos que deberían ser parte de la cultura general de quien pretenda
desempeñarse como estadista.
No sobraría que
nuestros aspirantes (a estadistas) se hicieran impartir por lo menos un
resumen de las ideas de Sun Tzu, Clausewitz, Castex, Mahan, Vittoria,
Groscio, Hegel, Kant y tantos más (todos ellos clásicos; ninguno
batequebrao).
Asi, salvo mejor
opinión, pudiéramos esperar un competente sentido común en el desempeño
profesional de nuestros líderes, para el ejercicio combinado de la guerra y
la política.
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