domingo, 2 de agosto de 2020

LAS ARTES DEL PODER POR EL PODER (I)

Caudalosos ríos de tinta han discurrido en la conceptualización del poder, de la política y de la guerra; y en la relación de los modos, tiempos y causas en los que ellos se conjugan en la realidad histórica. Nosotros, sobrevivientes en circunstancias aparentemente inéditas, ayunos de teoría idónea y de experiencia a propósito, debemos seguir obligadamente sumergiéndonos en esos torrentes de tinta, en pos de autores como Bobbio (1985:5), por ejemplo, quien ha dejado escrito lo que sigue:

A la pregunta de si no están cambiando «las connotaciones» y «las leyes del movimiento» de la política, siento la tentación de responder, aun cuando sólo sea como una especie de provocación: Nil sub solé novi (nada nuevo bajo el sol). Y de repetir con Maquiavelo: «Suelen decir los hombres prudentes, y no por casualidad ni inmerecidamente, que quien desee ver lo que será debe considerar lo que ha sido; porque todas las cosas del mundo en todos los tiempos tienen su propio cotejo con los tiempos antiguos. Y eso nace de que al ser todas esas cosas hechas por los hombres, que tienen y tuvieron siempre las mismas pasiones, es del todo evidente que surtan el mismo efecto>>”.

Probablemente las circunstancias subjetivas de hoy, bajo el supuesto de que no haya cambiado sustancialmente la naturaleza del "Homo homini lupus" (“el hombre es el lobo del hombre”), sigan siendo muy semejantes a las que conoció Maquiavelo en el tránsito entre los siglos XV y XVI y aun vivamos en una guerra de todos contra todos; pero en cuanto a las circunstancias de hoy tiene sentido resistirnos a aceptar mansamente la inmutabilidad objetiva de los ámbitos jurídico, político y sociológico. Está claro que El Príncipe y El Arte de la Guerra constituyen una formulación teórica prescriptiva de la conducta ideal para la conquista, ejercicio y conservación del poder, propuesta por Maquiavelo a quienes tuvieran entonces la ambición de crear y encabezar un nuevo estado, capaz de unificar políticamente a toda la península italiana de su época. Él no describe, sino que prescribe una realidad subjetiva ideal, entonces inexistente, formulada para actuar sobre la realidad objetiva de entonces; realidad objetiva que hoy ya no existe en Italia ni en ningún otro lugar conocido. En consecuencia, la personalidad de poder prescrita por Maquiavelo debe ser hoy dia obligatoriamente un anacronismo; pero es un anacronismo personificado en nuestro presente en un territorio y en una población inexplicablemente dedicado al retroceso histórico. Pero no es entender a Maquiavelo lo que nos interesa (sino a esa personificación anacrónica que hoy nos paraliza) y estos encuentros para referirnos a nuestra maquiavelina involución deben por necesidad ser breves y limitarse a fugaces referencias que nos motiven a la reflexión. Dos citas adicionales son sugeridas para ampliar la mirada.

Dice Deutsch citado por Bouza-Brey (Revista de Estudios Políticos Num. 73. 1991:121):

“…el poder se puede concebir como el instrumento por el cual se obtienen todos los demás valores, de la misma manera en que una red se emplea para atrapar peces. Para muchas personas, el poder es también un valor en sí mismo; en realidad, para algunos es, a menudo, el premio principal. Dado que el poder funciona a la vez como un medio y un fin, como red y como pez, constituye un valor clave en la política”.

E insisto con Bobbio (1985:6):

Según la lección de los clásicos, que se suele hacer empezar por comodidad en Maquiavelo únicamente porque el pensamiento de Maquiavelo acompaña la formación del estado moderno… la política es la esfera donde se desarrollan las relaciones de dominio, entendido dicho dominio en su expresión más intensa, como el poder que puede recurrir, para alcanzar sus propios fines, en última instancia, o extrema ratio, a la fuerza física. Dicho de otra forma, el uso de la fuerza física, aun en última instancia, aun como extrema ratio, es el carácter específico del poder político…

… La expresión «monopolio de la fuerza», que se deriva de una evidente y correcta analogía entre la eliminación del libre mercado y la eliminación de la libre guerra…”


domingo, 12 de julio de 2020

De Pandemia...


EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (VI)
Mucho hemos referido a  Maquiavelo en nuestras últimas citas, después de 500 años y de tantos y tan sustanciales cambios en el concepto y funcionamiento del estado. ¿Porqué? Porque precisamente allí reside el más grave problema de nuestro fallido estado; como es el estar en manos de sujetos adoctrinados en teorías y prácticas políticas anacrónicas. La reflexión no puede permitirse el olvido de este problemático aspecto. Con apenas una somera revisión teórica como la esbozada en páginas anteriores y su comparación con la práctica política de quienes detentan el poder en nuestro fallido estado, se constata la congruencia entre una y otra. Es claro que la teoría política en la que creen nuestros opresores es anterior a la modernidad. Para ellos, un concepto general como el del control del poder es inaceptable estando ellos en posesión del mando; así como otros conceptos y teorías más específicas, tales la teoría ascendente del poder, el parlamentarismo, el contractualismo en ninguna de sus formas, la representación de las minorías, etcétera; solo las toleran mientras puedan servirse de ellas en la fase de conquista del poder, pero una vez alcanzado éste se deshacen de todo obstáculo hacia la hegemonía.

domingo, 5 de julio de 2020

EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (V)

…De Pandemia.

EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ  (V)
¿Qué se aconseja hacer a un aprovechado seguidor de Maquiavelo, que por ser un pícaro con suerte obtiene el poder con el apoyo de los notables en una república democrática (lo que el clásico maestro denominó un principado civil)?
En un (al menos formalmente) estado de derecho (o república democrática, como lo habría llamado Maquiavelo) en el que los notables en consecutivas ocasiones (primero en 1989 y reiteradamente en 1992) habían constatado su incapacidad para contener al pueblo (y para restablecer el contacto que habían perdido con el mismo), tales notables (confirmando la lógica de Maquiavelo) convinieron en otorgar sus favores a un hombre de ese pueblo con el que ya no podían reconectarse, creyendo que este favorecido podía ser manipulado provechosamente. Erraron la apuesta. El pícaro con suerte ya sabía que en adelante debía (para gobernar) procurarse el favor del pueblo, tarea que ya estaba muy adelantada puesto que su ascenso había sido con el multitudinario favor de pueblo y notables.
El nuevo amo del poder conjugaba en su praxis las condiciones y requisitos formulados por EL PRÍNCIPE para dos situaciones diferentes, aunque no excluyentes. A la fecha en nuestro fallido estado no es difícil comprender que la fuerza dominante (estando en posesión de todo el poder como un régimen de facto, ya sin guardar ninguna apariencia de derecho y habiendo prescindido de toda legitimidad democrática) es un poder subyugado política e ideológicamente por un poder externo. Es una situación no solo reconocida sino también absurdamente proclamada por sus propios personeros. A la fecha los actores del poder nacional en este fallido estado constituyen la oligarquía interna aconsejada por Maquiavelo (El Príncipe, capítulo V) al servicio de un soberano externo.
Por último el capítulo XVIII de la obra cumbre de Maquiavelo (cuyo subtítulo, “De qué modo deben los príncipes mantener su palabra”, ya nos prefigura su contenido) prescribe un sucinto cuadro de antivirtudes que debe reunir el gobernante cuyo deseo sea perpetuarse en el poder; antivirtudes entre las que resalta el no tener obligación de “mantener su palabra”. “Todo el mundo comprende —dice Maquiavelo —que es justo permanecer fiel a la palabra empeñada; sin embargo, la experiencia ha demostrado en nuestra propia época que los príncipes que han logrado grandes cosas son los que han tenido en poca estima la buena fe y los que han sabido deslumbrar la inteligencia de los hombres por medio de la astucia, y al fin han logrado más éxitos que aquellos cuyos actos se han inspirado en el sentimiento del honor.”
Pero ¿porqué tanto Maquiavelo después de 500 años, de tantos cambios en el concepto y funcionamiento del estado? Precisamente allí reside el más grave problema de nuestro fallido estado; como es el estar en manos de sujetos adoctrinados en teorías y prácticas políticas anacrónicas. La reflexión no puede permitirse el olvido de este problemático aspecto.

viernes, 26 de junio de 2020

EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (IV)

…De Pandemia.

EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (IV)
La más elemental división de la sociedad en clases ha sido hecha por Maquiavelo al señalar al pueblo y a los notables como sujetos políticos básicos, a quienes el aspirante al poder debe considerar para realizar sus cálculos políticos. Se da por supuesto que estas dos clases viven en un permanente e inevitable conflicto de dominación; y es en la gestión de ese conflicto en la que debe basarse la conquista y conservación del poder.
¿Qué se aconseja hacer a un aprovechado seguidor de Maquiavelo, que por ser un pícaro con suerte obtiene el poder con el apoyo de los notables en una república democrática (lo que el clásico maestro denominó un principado civil)?
En un (al menos formalmente) estado de derecho (o república democrática, como lo habría llamado Maquiavelo) en el que los notables en consecutivas ocasiones (primero en 1989 y reiteradamente en 1992) habían constatado la imposibilidad para contener al pueblo (y su incapacidad para restablecer el contacto que habían perdido con el mismo), tales notables (confirmando la lógica de Maquiavelo) comenzaron a otorgar sus favores a un hombre de ese pueblo con el que ya no podían reconectarse, creyendo que este favorecido podía ser manipulado provechosamente. Erraron la apuesta. El pícaro con suerte ya sabía que en adelante debía (para gobernar) procurarse el favor del pueblo, tarea que ya estaba hecha puesto que su ascenso había sido con el multitudinario favor de pueblo y notables. Una serie de complejas jugadas mediante las que básicamente manipulaba los conflictos entre las clases y los conflictos internos en cada una de ellas, despejaron el camino para un largo y extendido beneplácito de la más reciente encarnación de un príncipe maquiavelino. Los notables quedaron, en breve plazo, desestructurados como clase política.
En cuanto al pueblo también en breve plazo quedó sujeto a una creciente dependencia del favor alimentario del empoderado pícaro con suerte, quien habiendo tomado posesión de todos los hilos institucionales y financieros del poder, rápidamente lo despojó de toda soberanía. La soberanía, establecida en la constitución en cabeza del pueblo, se desplazó por completo en cabeza del príncipe. Un pueblo y unos notables que han sido derrotados por una astucia afortunada, por las artes de la guerra y de la política hábilmente combinadas: el Arte del Poder. Guerra y Política actuando en conjunción; no sucediéndose una a la otra, sino complementándose magistralmente. Nada nuevo. Todo ya estaba escrito hace 500 años.

viernes, 12 de junio de 2020

…De Pandemia.


EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (III)
La verdad es que para nosotros, comunes ciudadanos de un estado fallido, no tiene interés práctico distinguir en cuál orden se preceden o suceden guerra y política. Relevante es entender que, en nuestro caso, ambas actúan en conjunción, solapándose, en marcha atropellante; son una dúplice conducta de una fuerza dominante que avanza indetenible en la conservación de la hegemonía absoluta; en práctica eficaz no de una, sino de varias recetas maquiavélicas, combinadas con descollante maestría. Las más conspícuas, identificables bajo una observación atenta, son la aplicación en primer lugar de las recetas dictadas en el capítulo IX de El Príncipe para adquirir el poder de un estado civil; con aplicación sucesiva de las recetas dictadas en el capítulo V para conservar el poder en los estados que antes de ser conquistados vivían en libertad y de acuerdo con sus propias leyes.
Señala Maquiavelo (El Príncipe, cap. IX) que para que un ciudadano se convierta en jefe de estado de su país “a través del favor de sus conciudadanos”, lo que en nuestro tiempo equivale al voto popular, no basta con que éste posea solo “virtud” (es decir capacidad, competencia y mérito) o solo “fortuna” (suerte); sino que debe poseer una “astucia afortunada” (algo así como ser pícaro y sortario). Afirma que se accede al poder “mediante el favor del pueblo o mediante el favor de los notables”. No menciona expresamente el caso que nos ha ocurrido a nosotros, en el que un pícaro con suerte llega al poder con el favor del pueblo conjuntamente con el de los notables, tal vez porque si acaso llegó a contemplarlo, le pareció demasiado fácil u obvio para tener que dar consejos al respecto. Lo que si aconseja es cómo tratar, después de alcanzado el poder, a cada uno de esos sujetos políticos (pueblo y notables) para asegurar su permanencia indefinida en el mismo; materia en la que hemos sufrido una incuestionable maestría.

lunes, 8 de junio de 2020

…De Pandemia.


EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (II)
Se podría pensar que estar teorizando acerca de la guerra cuando han pasado ya cien años desde que ésta fue proscrita, es una ociosa pérdida de tiempo. Ciertamente, los representantes de los estados reunidos en Versalles el 28 de junio de 1919 se propusieron y pactaron la proscripción de la guerra para alcanzar la paz y la seguridad internacionales, aceptaron el compromiso de no apelar a ella y se obligaron a construir relaciones francas, justas y honorables, mediante el firme establecimiento de convenios de derecho internacional (Pacto de la Liga de Las Naciones. Declaración de propósitos); todo esto bajo el escarmiento colectivo que produjo la exacerbada malignidad de la Primera Guerra Mundial. Nada de lo pactado resultó como se esperaba y sobrevino la Segunda Guerra Mundial, en la que la barbarie (para unos) o la bárbara civilización (para otros) potenció la perversa malignidad a un grado inimaginable. Entonces los estadistas volvieron a enviar a sus representantes para que se reunieran, esta vez en San Francisco, donde el 26 de junio de 1945 volvieron a obligarse
a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas, a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”… (Carta de las Naciones Unidas. Declaración de propósitos).
Parece que la prohibición que mutuamente se impusieron los firmantes en 1919 cuando se obligaron a “no recurrir a la guerra”, de ser una civilizadísima idea que prohibía la guerra como fuente de derecho internacional, un magno propósito que establecía a los tratados como única fuente de ese derecho, comenzó enseguida a decaer pasando por convertirse en una utopía; y finalmente en 1945 en una quimera (para calificar románticamente lo que en verdad llegó a parecer una soberana tontería), cuando el propósito declarado ya no fue ·”no recurrir a la guerra”, sino más pragmáticamente “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. Esta mutación en la redacción de propósito podría eventualmente significar mucho en los hechos, pero siendo la Carta de las Naciones Unidas el supremo instrumento de derecho internacional público, como lo establece su artículo 103 (equiparándose a una Constitución Mundial), tal significancia no quedó consagrada en dicha normativa. En efecto, el artículo 107 de la Carta reconoce los resultados de la Segunda Guerra Mundial como fuente de derecho internacional. ¿Cómo preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra sin que dicho flagelo en principio quedara expresamente prohibido? Tendremos que dedicar desvelos adicionales para imaginar probables soluciones. Los capítulos VI y VII de la Carta admiten los conceptos de Guerra de Agresión y Guerra Defensiva, estableciendo al Consejo de Seguridad como el órgano competente para valorar y decidir tales calificaciones.
Una cosa es la guerra en el discurso filosófico, otra en el discurso normativo y otra en los hechos. Y es en los hechos donde la guerra no se ha ausentado un solo día; y en donde ha sufrido el más continuo proceso de transformación, hasta el punto en que los grandes estados combatientes evitan enfrentarse en sus propios territorios y parece que eligieran el territorio de otro estado, escogen en él sus propios campeones y los arman para el combate, convirtiendo en guerras civiles sus conflictos geopolíticos; con las manos totalmente libres puesto que la Carta se prohibió a sí misma la competencia en conflictos internos (Artículo 2.7). Esto pone en un limbo jurídico la violencia armada motivada por el conflicto geopolítico entre dos o más potencias (en progreso sobre el territorio y población de otro estado sin interés material en dicho conflicto) disfrazado de confrontación interna.
¿Y cuál es la teoría idónea en una guerra de clases, por ejemplo? Hechos observables hoy día muestran a Clausewitz enviado de regreso a su prusiana Kriegsakademie de Berlín; y a Maquiavelo volviendo por sus fueros 500 años después, porque de ese tipo de conflictos si supo él hasta la saciedad; tanto que transcurrido ya un quinto del siglo XXI, en nuestro continente sus mejores discípulos (como nunca pensó él hallar) han practicado y practican día a día a la perfección, con el éxito más inesperado, cada una de sus fórmulas teóricas. Y entonces: ¿qué ha sido primero entre el huevo y la gallina? ¿la guerra o la política?

viernes, 5 de junio de 2020

…De Pandemia.


EL ARTE DE LA GUERRA O EL ARTE DE LA PAZ (I)
En medio de tanta filosofía de empleo del pueblo en armas, de tropas pertenecientes a potencias extranjeras o de mercenarios, no sobraría por unos instantes abrir una ventana para asomarnos a un ámbito reflexivo más amplio:
Si el espectro filosófico fuera como un hilo que se extiende en línea recta, en su origen encontraríamos la tesis que postula a la guerra como un hecho de barbarie; y en el otro extremo encontraríamos la tesis que la postula como un hecho civilizado. Para llegar de un punto al otro tendríamos que transitar por un número infinito de posiciones intermedias. Si este hilo permaneciera en una sola dirección y sentido sería relativamente sencillo aprehenderlo y seguirlo, pero sucede que él es cambiante y caprichoso y permanentemente está adoptando formas voluntariosas. Los que se posicionan en el origen del espectro creen que la guerra es la liberación de la violencia irracional del hombre en estado de naturaleza, es decir: de barbarie. Quienes se posicionan en el otro extremo afirman que la guerra es la “continuación de la política por otros medios”. En algún momento (que no está exactamente determinado en la historia) la humanidad experimentó la necesidad ética de justificar su conducta guerrerista. En ese afán surgieron postulados religiosos, históricos, jurídicos e ideológicos; y allí es cuando el hilo comienza a retorcerse una y otra vez hasta formar una madeja inescrutable.
Se sabe que Clausewitz de hecho nunca escribió que la guerra fuera la continuación de la política por otros medios; y que tal idea ha sido producto de una traducción simplificadora de la oscura densidad sintáctica del alemán. Lo que está bastante claro es la conexión atribuída por él entre guerra y política, con el crédito de haber creado una teoría política de la guerra, manteniendo su desvelo intelectual en la restitución del honor nacional de Prusia. Carl Schmitt lo reconoce como pensador político (Revista de estudios políticos. Número 163. 1969:5-30).
Pero ¿cómo podría admitirse que la guerra sea la continuación de la política? Para que asi fuera es menester que la política sea primero. Sin embargo nadie duda que la guerra es el primer procedimiento de solución de conflictos al que la humanidad recurrió desde el primer dia hasta un tiempo muy recientemente. Por lo menos en Occidente tal como la conocemos hoy la política es una creación de la antigua Grecia y nació como el intento de organizar la convivencia y resolver sus conflictos inherentes. Hoy es fácil comprender que la guerra surge cuando fracasa o muere la política. Con esta idea no carece de sentido creer que es la política la que continúa a la guerra por otros medios; o que la política ha sido creada para sustituir a la guerra, no para continuarla. Los seguidores de la teoría de la guerra justa se han atrevido a justificar la guerra como una continuación de la justicia; y los postulantes de la guerra santa lo hacen “porque Dios lo quiere”.
Con todo parece inevitable caer en el eterno dilema infantil: ¿qué fue primero entre el huevo y la gallina?

domingo, 31 de mayo de 2020


…De Pandemia
SOBRE EL ARTE DE LA GUERRA Y EL SENTIDO COMÚN
EN TODO TIEMPO
Conciliar las ideas de los numerosos teóricos de la guerra e integrarlas en un pensamiento general puede constituir un desafío mayúsculo cuando el objeto central de la teoría rebasa el arte meramente militar. Si la perspectiva es política se acentúa la complejidad del problema en sus factores esenciales postulados en De la Guerra por Clausewitz (2002:5-21), en nada diferentes de lo que tres siglos antes pensara Maquiavelo:
Ø  el factor pasional,
Ø  el factor aleatorio y
Ø  el factor racional.
La denominación de la guerra como un arte se conforma a la perspectiva meramente militar, en la que el factor mayor es el aleatorio y el sujeto activo descollante es el general en jefe; mientras que la perspectiva política eleva de categoría a la guerra como objeto de una conjunción de habilidades y conocimientos (ciencia política, matemáticas, economía, sociología, sicología, historia, derecho, etc.) que pueden abarcarse como la Teoría de la Guerra, en la que el factor mayor es el racional  y el sujeto activo descollante es el estadista.
El factor pasional, cuyo sujeto descollante es el combatiente, también varía según la perspectiva desde la que se decide la guerra. Si la perspectiva es meramente militar el general en jefe puede determinar el empleo de cualquiera de los tres tipos de combatiente señalados por Maquiavelo (Fuerzas Propias; Fuerzas Auxiliares o Fuerzas Mercenarias; o sus posibles combinaciones), según su disponibilidad; pero si la perspectiva es enteramente política el estadista debe imponerle a su general en jefe el empleo de solo los tipos de fuerzas idóneos para el objetivo político.
Lo anterior encuentra explicaciones muy comprensibles en los caracteres idiosincráticos de los distintos tipos humanos que pueden intervenir como combatientes y en las motivaciones emocionales que impulsan a cada carácter hacia el combate. Emociones como la enemistad o el odio, el resentimiento y la envidia o la ambición, que tienen el poder de desatar la violencia entre los humanos, determinan la voluntad, el vigor y la moral combativa. Los contextos históricos en los que vivieron Maquiavelo y Clausewitz fueron escenarios de radicales transformaciones científicas y tecnológicas en Europa, con efectos inmediatos en la economía, en los paradigmas organizativos de la sociedad y en las relaciones internas y externas de los distintos grupos humanos que circundaban la cuenca del Mediterráneo y sus vecindades culturales. El modelo político que luego de la desmembración sobrevenida a la caída de Roma había tomado lugar, en cabeza de una aristocracia poblada de infinidad de señores feudales, evolucionando desde distintos tipos de señoríos a principados y reinos, era el que hacía la guerra conocida por Maquiavelo; y era el mismo modelo que ya comenzaba a hacer agua a finales del siglo XVIII, en vida de Clausewitz, quien fue testigo de la derrota del absolutismo en Francia y del nacimiento del nuevo modelo político, establecido ya en España, Francia e Inglaterra. Con el estado-nación se hizo realidad la noción del pueblo en armas, ejércitos formados por ciudadanos de la reciente república francesa, automotivados por el patriótico afán de salir a destronar a la nobleza en el resto de Europa; y por los súbditos de la monarquía constitucional inglesa, empeñados en desplazar a España y Portugal del dominio hegemónico de los mares; con lo que el factor emocional de la guerra experimentaba una transformación gigantesca que le proporcionaba a Napoleón una larga ventaja sobre sus adversarios continentales, que seguían todavía empleando ejércitos constituidos mayoritariamente por siervos de la aristocracia feudal y por mercenarios.
Es largamente sabido que solo la motivación religiosa, ideológica o patriótica, impulsan al soldado a encarar con indiferencia al peligro y a realizar todo el esfuerzo físico que el combate le exija para imponer su bandera. Estas virtudes las observó Clausewitz en las tropas de Napoleón que pulverizaron al ejército prusiano en 1806; y fueron las mismas virtudes que observó en el pueblo español que resistió a Napoleón contra la usurpación de Pepe Botellas. Estas virtudes no las posee el soldado extranjero que lucha por una bandera ajena; y mucho menos el soldado mercenario. Dice en el capítulo XII de El Príncipe, editado en 2011 por editorial Gredos, con estudio introductorio de Juan Manuel Forte Monge: “La experiencia nos muestra a príncipes solos y a repúblicas armadas llevar a cabo acciones notabilísimas y a las tropas mercenarias nunca hacer otra cosa sino daño; y que más difícilmente cae una república armada con sus propias armas bajo el dominio de uno de sus ciudadanos, que otra armada con tropas ajenas.” (Maquiavelo. 2011:41).
Se dice que tras su derrota en Waterloo, se encontró al pie de la carroza de Napoleón un ejemplar de El Príncipe, glosado con notas y máximas de su propia cosecha que sirvieron de sustancia para el libro Máximas de Guerra de Napoleón; luego traducidas y comentadas por el general José Antonio Páez en Nueva York en 1865; y editadas en Caracas por la Presidencia de la República en 2005; en las que Bonaparte afirma lo siguiente:
Debe llevarse muy en cuenta si el soldado tiene conciencia de la justicia de la causa que defiende. Ello puede hacer de cada hombre un héroe.
Cuando combaten dos naciones que se tienen odio inveterado, mucho hay que esperar del espíritu de los combatientes que estarán siempre dispuestos, los unos a vengar antiguos desastres los otros a mostrarse dignos de la gloria que les legaron sus antepasados. La unión, sobre todo, hace invencibles a los pueblos.” (Páez. 2005:164).
No casualmente fue invencible Napoleón en todas sus campañas contra ejércitos formados por mercenarios y condottieri; ni casual fue tampoco el cambio de su suerte cuando a la resistencia armada del pueblo español se sumó la voluntad de victoria de los ejércitos ingleses; todos como ya hemos dicho, impulsados por la justicia de su causa y por el odio contra la Francia agresora. Cinco coaliciones en contra del emperador habían sido ineficaces; solo la sexta logró imponerse, gracias al empuje de la más encendida pasión bélica que ponía en ebullición la sangre de los soldados del estado nación líder de la coalición.
¿Puede vencer un adversario carente de fuerzas propias?
¿Puede con éxito tomar las armas un pueblo sin voluntad de lucha, sin conciencia de la justicia y legitimidad de su causa?
¿Puede esa voluntad de lucha ser provista por una fuerza mercenaria o por las fuerzas de una potencia amiga?

sábado, 23 de mayo de 2020

…De Pandemia. DE SOBERANÍA Y NO INJERENCIA Y DE LA GUERRA EN TIEMPOS DE PANDEMIA.

DE SOBERANÍA Y NO INJERENCIA  Y DE LA GUERRA 

EN TIEMPOS DE PANDEMIA.

En las páginas 34 al 38 del Tomo XXIV del ARCHIVO DEL GENERAL MIRANDA (Ed. LEX, La Habana. 1950) puede hallarse una correspondencia fechada en Caracas el 12 de junio de 1812, firmada por el Lic. Miguel José Sanz en funciones de secretario de Estado del Gobierno de Venezuela, dirigida al Generalísimo Francisco de Miranda, de la que podemos valorar los siguientes fragmentos:
En una de mis cartas anteriores dije a Ud. que procurase instruirse de la correspondencia reservada que como secretario de Estado llevé con Orea, nuestro agente en los Estados Unidos. Allí verá Ud. que previendo yo el apuro en que debíamos ponernos, intenté entablar una comunicación con las potencias de Europa, y en especial con la Francia y con la Rusia, reducida a que reconociendo nuestra independencia, nos franquease la primera dos o tres millares de pesos fuertes y armas, pagadero todo con los derechos que devengase un comercio que haríamos, o permitiríamos a los franceses en nuestros puertos, proporcionándoles ventajas sobre el comercio de otras naciones, por el tiempo que durase la paga de nuestra deuda; siendo condición que debería hacerse este comercio en buques mercantes de cierto número de toneladas para evitar que entrasen (buques) de guerra que pudiesen causar temor en nuestros puertos…
En cuanto a la Rusia se le ofrecía la isla de Orchila para sus factorías, y aunque nada supe de esta negociación, cierto es que anhelando esta potencia un comercio en la América, abrazaría muy gustosa la proposición, y nosotros por este medio empujaríamos y llevaríamos a un grado el más ventajoso nuestra agricultura, y aquellas potencias por su propio interés, protegerían nuestra independencia, porque sin ella estarían, como han estado hasta ahora, privadas de nuestra comunicación.
La historia que nos enseñan en la escuela venezolana no refiere detalles del proceso político formador de nuestra soberanía; y para formarnos idea de ellos debemos ir a otras fuentes. Así podemos enterarnos de que 1812 fue el año en que se abrieron las hostilidades entre Estados Unidos y Gran Bretaña en la guerra que se extendió hasta 1814; el gobierno estadounidense estaba muy atareado en lograr la lealtad de algunos estados de la Unión que se resistían a combatir contra su ex metrópolis. Francia se empeñaba en tragarse al mundo entero; el continente europeo se encontraba en el clímax de la expansión napoleónica, que casi el mismo dia en que el Lic. Sanz escribía su carta, ya avanzaba sobre Rusia; y Rusia se ocupaba en contener a las tropas napoleónicas invasoras, mediante la impopular política de tierra arrasada, en repliegue desde la frontera polaca; lo que ocupando toda la atención del Zar Alejandro I, lo obligó a reemplazar en plena campaña al comandante en jefe de sus fuerzas. La situación geopolítica mundial era todo menos propicia para que el gobierno venezolano pudiera obtener el auxilio de las potencias del momento; y encontrándose Napoleón en el inicio de su decadencia, la Corona Española apresuradamente se levantaba de la postración a la que el Corso la había sometido desde 1808. Así que si la intervención foránea o injerencia de otros países en nuestros asuntos no se produjo en aquel entonces, no fue porque esa no hubiera sido gestionada por el liderazgo del momento, o porque no se le hubiera considerado necesaria y conveniente; sino porque el contexto internacional no fue oportuno; y sin importar hasta donde pudo llegar la procura de tal intervención, tal ocurrió no en violación del principio de soberanía, sino en ejercicio pleno del mismo.
1812 quedó esculpido tristemente en la historia de la primera república venezolana; en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y Gran Bretaña y en las biografías de Francisco de Miranda y Napoleón Bonaparte; pero no así en la historia de la geopolítica europea, en la del Imperio Ruso y en la biografía del general Karl Von Clausewitz, para quienes tal año fue el inicio de un período particularmente auspicioso.
Las victorias napoleónicas en las batallas de Auerstädt y Jena el 14 de octubre de 1806, en la que participó Clausewitz como ayudante de campo del príncipe Augusto de Prusia (DE LA GUERRA. Librodot 2002), desintegraron al ejército prusiano; el príncipe murió días después en consecuencia de las heridas recibidas en combate y Clausewitz cayó  entre los 25.000 prisioneros hechos por Napoleón en esa fecha. Federico Guillermo III, viéndose obligado a someterse bajo la presión de Napoleón, en 1809 se convirtió en títere aliado del emperador francés; con lo que recibió de vuelta el control de su ejército; y Clausewitz y otros prisioneros recuperaron la libertad y volvieron al servicio activo.
Pero Clausewitz y otras brillantes mentes militares prusianas, comprendiendo que la posición oficial de su gobierno en apoyo de Francia (que preparaba la invasión de Rusia) era producto de su subyugamiento como estado satélite, percibieron que la única potencia capaz de detener a Napoleón y sus estados títeres sería la misma Rusia; entonces obtuvieron la baja del ejército prusiano y clandestinamente se trasladaron a Rusia, para ingresar en el ejército del Zar Alejandro I, donde fueron incorporados a la llamada Legión Alemana; con el objeto de obtener la intervención rusa en el restablecimiento de la soberanía prusiana.
¿Acaso fue traidor Clausewitz por su defección e incorporarse al ejército de la potencia que entonces adversaba a su país; y haber procurado la intervención de aquella potencia para liberar a su patria del sojuzgamiento francés? ¿Acaso era Prusia soberana bajo el tutelaje de Napoleón?
Lamentablemente eran los tiempos del cólera y aun no existía un gobierno mundial que decretara pandemias y los mandara a todos a la cama; y en 1831, a la edad de 51 años, cayó Clausewitz víctima de aquel mal, contraído poco antes en Polonia. Gracias a su diligente viuda, sus obras fueron editadas póstumamente para quedar en espera de la era cibernética, y pudiéramos ahora tener el gusto de hablar y escribir a placer de la guerra, de su arte y de su ciencia.

martes, 19 de mayo de 2020

…De Pandemia.


SOBRE EL ARTE DE LA GUERRA Y EL SENTIDO COMÚN
EN TIEMPOS DE PANDEMIA
En la obra pensada y escrita para jóvenes estudiantes de educación media y principiantes universitarios argentinos, PARA ANIMARSE A LEER A MAQUIAVELO, (Castillo, Jose E. 2012), editado por Editorial Universitaria de Buenos Aires (www.eudeba.com.ar), de entrada el autor se pregunta:
 ¿Qué es un clásico?
y comienza a darse respuesta en los siguientes términos:
El sentido común que guía nuestra forma de pensar y la visión sobre el mundo que nos rodea se estructura a partir de ideas, imágenes y razonamientos condicionados por dos cuestiones: lo trascendente de las relaciones humanas (afectos, angustias, pasiones, sentimientos) y las circunstancias que el desarrollo social y tecnológico nos brindan.
Cada momento histórico genera su propio sentido común; la forma, sutil, en que hombres y mujeres pensamos la sociedad en que nos toca vivir y a nosotros mismos.
En ese devenir, las explicaciones mitológicas, religiosas y/o intelectuales son un auxilio individual y colectivo.
Un clásico es un pensador (un pensamiento o todo un sistema científico) que resiste el paso del tiempo y continúa vigente. Sigue siendo parte de la cosmovisión social porque está incorporado en forma imperceptible y porque ha planteado tanto dudas como incipientes respuestas orientadas de un modo tan profundo como íntimo.
Para digerir estas ideas seleccionemos algunos pensamientos claramente muy nutritivos:
1)  El sentido común que guía nuestra forma de pensar y la visión sobre el mundo que nos rodea…
Al iniciar con estas frases su razonamiento, el autor admite tácitamente que entre los recursos mediante los cuales nos relacionamos con el mundo que nos rodea se encuentra indudablemente el sentido común y que este recurso guía nuestra visión y forma de pensar. El autor identifica además los elementos que integran y condicionan la estructura del sentido común:
2) …se estructura a partir de ideas, imágenes y razonamientos condicionados por dos cuestiones: lo trascendente de las relaciones humanas (afectos, angustias, pasiones, sentimientos) y las circunstancias que el desarrollo social y tecnológico nos brindan.
Estas líneas ponen de relieve que las ideas, imágenes y razonamientos constitutivos de un pensamiento determinado fueron producidos en un ámbito relacional y trascendente entre humanos; y condicionados en su origen por el desarrollo social y tecnológico del tiempo en que tal pensamiento fue producido; asi como por el desarrollo social y tecnológico del tiempo en que el mismo pensamiento venga a ser consumido. Sintéticamente podemos concluir que si en la receta falta alguno de los componentes o de sus condicionantes, el sentido común deja de existir.
3)  Finalmente aquel pensador, pensamiento o sistema de ideas, que resiste el paso del tiempo y que en situaciones nuevas se mantiene tan vigente como lo fue en su nacimiento, es el que llamamos un clásico. No por otra razón, por ejemplo, MARTÍNEZ GUZMÁN, VICENT (2004): «Teorías de la guerra en el contexto político de comienzos del siglo XXI» afirmaba que
Además al hablar de razones no me quedo en la mera racionalidad opuesta a los sentimientos, sino que también incluyo en los análisis de las maneras de hacer las paces la expresión de los sentimientos. En cualquier caso, razones y sentimientos han de estar abiertos a la interpelación de la intersubjetividad y la interculturalidad.
…con lo que no hacía otra cosa que reafirmar la vigencia en el siglo XXI de la trascendencia de las relaciones humanas señaladas 500 años antes por Maquiavelo como uno de los condicionantes del sentido común.
¿Porqué Maquiavelo, tan bien entrado ya el siglo XXI?
¿Puede un pensamiento del siglo XVI ser sustancia del sentido común todavía quinientos años después?
Quizá sea porque Maquiavello, en el prólogo de su obra EL ARTE DE LA GUERRA (Ed. GREDOS. 2011), afirma categóricamente lo que (Castillo, José E. 2012) en su obra ya citada denomina como la siempre compleja y terrorífica relación entre guerra y política. Afirma Maquiavello, en contra de la opinión común en su época, que examinadas las instituciones antiguas, no se encontrarán cosas más unidas, más conformes y que se estimen tanto entre si como estas dos profesiones; refiriéndose al ejercicio profesional de la política y a la carrera de las armas. Es clave en esta afirmación el carácter profesional del ejercicio de ambas ocupaciones; excluyendo de su ejercicio el carácter de una mera afición. En efecto, dice Maquiavello:
Siempre que los hombres quieren hacer alguna cosa, deben prepararse hábilmente para que, llegada la ocasión, puedan realizarla: cuando las preparaciones se hacen cautamente, no se conocen, y a nadie se puede acusar de negligencia si no ha llegado la oportunidad de ejecutar la empresa; pero, al llegar, descúbrese en seguida si no están bien dispuestos
Pero es que ya ha sido largamente reconocida la complejidad del fenómeno bélico. No es solo un hecho político. Su naturaleza tiene componentes en los órdenes filosófico, jurídico, antropológico, sociológico, sicológico, religioso y económico. De manera tal que hoy dia el hecho bélico debe ser producto de complejos procesos decisorios; el sentido común del siglo XXI no puede justificar la toma de la decisión bélica en una sola cabeza o en un petit comité. Lo único que todavía permanece, y probablemente siempre lo hará, sobre una sola cabeza es la responsabilidad por los resultados del hecho decidido. Por lo tanto el tomador de decisiones debe rodearse de los mejores sujetos para elaborar la decisión y de los mejores para ejecutarla.
Mencionamos expresamente a Maquiavelo porque, habiendo encontrado abundantes semejanzas circunstanciales entre su tiempo y el nuestro, no podemos menospreciar la pertinencia de su pensamiento al señalar con indiscutible exactitud la filosofía de empleo de fuerzas armadas extranjeras o de fuerzas mercenarias (El Príncipe, cap. XII). En opiniones y comentarios que han abundado recientemente en las procelosas aguas del océano virtual, opinadores mal informados o mal interesados se dan golpes de pecho éticos al juzgar el reciente empleo de mercenarios en la guerra de exterminio a la que ha sido sometida la nación venezolana en las últimas dos décadas; comentarios y opiniones de enorme fuerza letal y que están dirigidos a lectores igualmente mal informados o mal interesados, ignorantes de que en la guerra la ética válida es la del vencedor. ¿Cuál es el defecto ético del soldado mercenario y de su empleo? Como alguien ha mencionado recientemente: ¿no fue el Precursor Francisco de Miranda un oficial mercenario en las guerras europeas cuando aquel continente transitaba entre los siglos XVIII y XIX?
La misma tacha ética se pretende imponer al empleo de fuerzas extranjeras, referidas por Maquiavelo como “tropas auxiliares”. ¿Acaso no intervinieron tropas españolas y francesas, en territorio estadounidense, en la guerra de independencia de EEUU? ¿No estuvo el mismísimo Generalísimo Francisco de Miranda, como comandante supremo de las operaciones contra España, considerando la factibilidad de solicitar en nuestro auxilio la intervención de tropas del Zar de Rusia? ¿No fue la Legión Británica una fuerza armada perteneciente a una potencia extranjera, actuando en auxilio de las fuerzas venezolanas en la guerra de independencia contra España?
En conclusión: definitivamente es de otra naturaleza, no ética, la censura que merece la reciente cómica de presuntas tropas en la operación “bahía de cochinitos”.
Nuestros jóvenes estudiantes de educación media y principiantes universitarios, entre quienes he escogido para liderizarlos a un inteligente cadete de primer año, hubieran razonado asi:
v Habiéndose perdido el elemento sorpresa desde la anterior cómica de las armas incautadas en Colombia, nuestro astuto cadetito habría cancelado el lanzamiento de la operación Gedeón.
v Alguien interesado habría comprado la cancelada operación Gedeón para degradarla a “operación bahía de cochinitos” y lanzarla en su provecho. Para saber quien fue basta identificar quien ha salido favorecido con sus resultados.
De todos modos todo lo anterior, aunque estuviera fundamentado en toda la teoría clásica del arte de la guerra, es y será siempre meras conjeturas; materia prima para la ciencia ficción y para la teoría de la conspiración; aunque no faltan numerosos conceptos que deberían ser parte de la cultura general de quien pretenda desempeñarse como estadista.
No sobraría que nuestros aspirantes (a estadistas) se hicieran impartir por lo menos un resumen de las ideas de Sun Tzu, Clausewitz, Castex, Mahan, Vittoria, Groscio, Hegel, Kant y tantos más (todos ellos clásicos; ninguno batequebrao).
Asi, salvo mejor opinión, pudiéramos esperar un competente sentido común en el desempeño profesional de nuestros líderes, para el ejercicio combinado de la guerra y la política.