jueves, 22 de septiembre de 2016


…De Política.

MICROECONOMISTAS:
¿Haber dedicado la vida a los negocios; con los azares propios de toda aventura; la bancarrota de un gran proyecto… (bueno, antes de ser lapidado con comentarios envidiosos, admito que han sido dos o tres las bancarrotas, pero nada personal); son motivos suficientes para dudar de la idoneidad de un hombre para empuñar las riendas de un estado?
Es verdad (¿quién podría negarlo en esta sociedad del conocimiento de la que hoy usufructuamos?) que una empresa mercantil, por mucho ropaje de corporación que se ponga, es una unidad microeconómica; y que el estado, por el contrario, es el gran monstruo macroeconómico. No es sencillo cambiar de un modo al otro (digo: del modo micro al macro) ni en el pensamiento ni en la acción. Una empresa, por muy grande que sea, es una unidad microeconómica orientada por las comas y los céntimos. Su ámbito de acción es el corto plazo; su éxito o su fracaso se escribe en el balance anual de resultados. Por lo demás todos nosotros, debiendo sostener una familia, somos microeconomistas natos. Al contrario, la gestión del estado es esencialmente macroeconómica. Su plan de ruta más breve por lo menos es quinquenal. Sus objetivos pueden abarcar toda una generación.
Además, la ética de negocios de uno (digo uno en general porque aquí hasta el menos despabilado se ha convertido en hombre de negocios del dia a dia) es personal y egoísta, pudiendo hacer todo lo que la ley no le prohíba expresamente. Pero el hombre de estado está obligado a ceñirse a una ética pública.
Más aun: si alguno de ustedes ha sabido que alguna vez la ética macroeconómica haya sido practicada en la gestión de un negocio, por favor refiéralo en un breve comentario, porque yo nunca lo he visto. Pero la ética microeconómica (personal y egoísta) sí la he visto sobradamente aplicada en la gestión pública.
Por esto es que dudo de los que dudan que Mr. Showman (mi maestro de oratoria y lenguaje gestual me dice que a la gente se le debe poner en contexto de manera más clara, nombrando al menos una vez quién es Mr. Showman; pero yo, no quiero decir que sea cobarde pero tampoco puedo decir que soy valiente, no me expongo a una réplica recordatoria por lo menos de mis muchos fracasos amorosos; y por solo mirarlo sin nombrarlo, si alguno se pica puedo aclarar que todo parecido con alguna realidad era pura fantasía) sea idóneo para conducir al estado más poderoso del planeta.
La inteligencia del hombre de estado es múltiple y compleja; especialmente su cociente de inteligencia emocional debe ser excepcional, por las múltiples relaciones en las que deberá interactuar para resolver situaciones. Recuerdo, no por inelegancia, a Mr. Nixon; a quien sus negocios en la Torre Watergate lo obligaron a declarar su bancarrota personal; pero Mr. Showman jamás ha sido obligado a semejante fracaso.

¿No sería curioso ver a un SHOWMAN-IN-CHIEF sentado sobre el ombligo del mundo?



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